Mi Confrontación con la docencia.
Lauro Ventura Cabrera
Como muchos profesores, mis andanzas en estas lides iniciaron allá por el año de 1986,mi encuentro con la docencia fue en el mediodía de mi vida, estudié Ciencias Políticas y Administración Pública y en mi proyecto de vida veía el servicio público en sus distintas dimensiones lo disfruté y sufrí intensamente en un período relativamente corto menos de siete años, pero fueron suficientes para alejarme poco a poco de las cuestiones gubernamentales, la inestabilidad laboral, la integración a equipos políticos y el cumplimiento de ciertos rituales no embonaban con mi forma de ser, con mi estilo de vida, finalmente lo dejé allá por 1997.
En paralelo había iniciado mis escarceos docentes a los veintitrés años como ayudante de profesor –sin querer queriendo a invitación e un amigo- y así me “enganché” en estos quehaceres, debo de confesar que era un renegado –en mis mocedades, ni en mi quinto sueño me veía como profesor- incluso en la Facultad no lo avizoraba, fue ya en el ejercicio de la profesión que me llevó a éste. Ya Cumplí veintidós años como docente, pero esa es otra historia.
Cuando leía: “La aventura de ser docente” me reflejaba en esas páginas, sobre todo en sus primeras páginas, nadie me enseño a ser maestro fue de manera intuitiva, ensayando y dándome de golpes con las paredes, por decirlo de alguna manera, de repente me vi como profesor de Sociología –según yo esto era “pan comido”- tardaba media mañana preparando una clase de cincuenta minutos, recuerdo esa primera clase que la terminé en diez minutos y le dije a los alumnos que ya había terminado y procedí a retirarme –lo grave del asunto es que nadie me entendió-, al día siguiente me manda a llamar el Director y me dice a quemarropa: profesor: ¿cómo da su clase? Y le contesté que bien sin problemas –los chavos ya se habían quejado- y amablemente me dio algunos consejillos para ese proceso de enseñar y aprender.
En fin, la vida le va dando luz y horizonte, y estamos en la brega, y doy gracias infinita a ésta por encontrar la verdadera vocación y cristalizar un proyecto de vida a plenitud.
No me concibo sin ser docente –recuerdo que me decían hace muchos ayeres profesor y me molestaba, les decía que soy politólogo, no maestro-, jugarretas de la vida. Por supuesto, que pagué a alto costo, hasta con intereses, el noviciado, cuando pasaba el texto de José M. Esteve inmediatamente me vi reflejado -supongo, como decía Sabines, no lo sé de cierto-. En una ocasión leyendo algo de Mairena, y su profesor lo pasa al frente y le dice: “que quiere decir esta frase”, la traduce aun lenguaje accesible y todos lo entendieron, ahí está el fermento para ser maestro”, había levadura y faltaba aprender a amasarlo – como diría don Andrés Henestrosa-. De ahí, “pal real” inicié mi aventura docente.
El título del texto de Esteve es sugerente, es toda una aventura el ser maestro, nos lleva de la mano a dar un paseíllo de sus dilatada experiencia, rescato el despertar inquietudes, curiosidades –recordando a Unamuno-, invitándolos a pensar, los provoca en el sentido más clásico de la expresión –siguiendo la huella de Sócrates-, si los alumnos están ávidos de conocer tal o cual dimensión de la vida a invitación del profesor, las emociones, las dichas y porque no las desdichas, forman parte de la trama y del drama del quehacer docente –el autor les llama dificultades como la creación de identidad profesional-. Eh allí el quid del asunto.
La esencia del trabajo del profesor –apunta Esteve- es estar al servicio del aprendizaje de los alumnos. Da en la diana del proceso, y va tejiendo –no a la manera de Penélope- sino de un artesano que va dando sentido a su obra, y para ello la comunicación es fundamental, la dimensión dialógica de la enseñanza queda de manifiesto a plenitud. Freire, lo dice maravillosamente desde su Primera Carta, “enseñar-aprender. Lectura del mundo. Lectura de la palabra”.
He transitado como profesor en secundaria –dos años-, de nivel medio superior alrededor de quince años, en paralelo a profesor de licenciatura y postgrado, hasta hoy día, y completar un periplo de más de cuatro lustros. El nivel medio superior me saco las canas que circundan la faz de mi rostro, se los debo a estos singulares jóvenes, una edad de encuentros y desencuentros, pero al final del camino la carreta ha arribado a buen puerto, con tormentas, noches incandescentes y tsunamis de la vida, pero también noches estrelladas, mediodías esplendorosos. Así, resumo mi estancia en mi transitar como docente.
Ser profesor es colmar de vida de plenitudes, si volvería a nacer sería maestro –aunque en mi vida, los atardeceres y el anochecer, siempre me han acompañado, las cosas que más disfruto, que más quiero, están en esta línea. Reza el dicho, por ahí: “nunca es tarde”, quizá a mi se me hizo un poco tarde, pero sólo unos minutos: inicié la docencia como actividad básica y única de mi vida a los veintisiete años, me casé a los treinta y tres, nace mi primer y único hijo a mis treinta y siete años, espero doctorarme algún día ya no muy lejano, tengo cuarenta y nueve años, y veintidós años en la más hermosa delas aventuras: ser maestro.
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